La memoria también se proyecta en pantalla. Y en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, esa memoria tomó forma en imágenes, sonidos y relatos construidos desde los territorios. El […]
Por Margareth Sánchez Melo
23 abril, 2026
La memoria también se proyecta en pantalla. Y en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, esa memoria tomó forma en imágenes, sonidos y relatos construidos desde los territorios.
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El pasado 22 de abril, a las 11:30 a. m., la Sala María Mercedes Carranza fue escenario de la Proyección de cortos Crea, un videoforo y conversatorio que reunió a realizadores del programa Crea de Idartes, cuyas obras han sido seleccionadas en el Festival de Cortos Crea. Más que una muestra audiovisual, el espacio se convirtió en un encuentro para pensar la creación como herramienta de expresión, de comunidad y de reflexión política.
Tres cortometrajes marcaron la jornada: Mi Sinfonía, Clozapino y El Cuarto Oscuro. Tres apuestas narrativas distintas que, sin embargo, dialogan entre sí desde un eje común: la salud mental, el cuidado y las formas en que el arte permite habitar el mundo.
En Mi Sinfonía (2025), dirigido por el formador Jeferson Romero Ruiz desde el Crea Roma, cinco jóvenes encuentran en la música una salida al ruido —literal y simbólico— de la ciudad. La obra, de cinco minutos, propone una transformación del espacio urbano a partir de la experiencia sonora: las calles dejan de ser un escenario hostil para convertirse en territorio de exploración y encuentro. La música aparece aquí como refugio, pero también como puente entre individuos que buscan reconectarse consigo mismos y con otros.
Desde otro registro, Clozapino (2025), del formador Julio Castro y el colectivo Cinema Bipolar del Crea Gustavo Restrepo, utiliza el humor como vehículo para abordar la experiencia de la salud mental. Con una duración de diez minutos y desarrollado en articulación con la Unidad de Salud Mental del Hospital Santa Clara, el cortometraje presenta situaciones absurdas y cotidianas de un paciente psiquiátrico, poniendo en tensión la relación entre medicación, percepción y vida diaria. La risa, en este caso, no evade el problema: lo revela.
Por su parte, El Cuarto Oscuro (2025), dirigido por Sara Gisselle Sarmiento Zuloaga desde el Crea La Pepita, construye una narrativa distópica en la que el suicidio asistido se convierte en política de Estado. A través de múltiples historias, la obra cuestiona la instrumentalización de la vida humana en función de la productividad, evidenciando cómo el poder puede intervenir incluso en las decisiones más íntimas. Con una duración de diez minutos y dirigida a mayores de 14 años, el cortometraje plantea una crítica directa a los discursos que normalizan la exclusión.
Durante el conversatorio, las voces de los participantes ampliaron el sentido de las obras. Lejos de quedarse en lo técnico, las intervenciones pusieron sobre la mesa las condiciones de creación: procesos colectivos y, sobre todo, la potencia de la creatividad como respuesta.
En varios momentos se destacó cómo los equipos optaron por soluciones creativas que fortalecieron el trabajo en comunidad. La producción no fue entendida únicamente como un resultado final, sino como un proceso compartido en el que cada integrante asumió múltiples roles: actuación, dirección, cámara, guion, música. Una experiencia formativa que desborda el aula y se convierte en práctica de vida.
Pero fue en el terreno de lo político donde las intervenciones adquirieron mayor fuerza. La discusión sobre salud mental atravesó todas las obras y sus procesos. Desde la experiencia personal hasta la reflexión colectiva, los participantes insistieron en la necesidad de comprenderla no como un asunto individual, sino como un problema social que requiere respuestas estructurales.
En ese sentido, el arte —y en particular el cine— apareció como una herramienta de resistencia. No solo para narrar realidades, sino para transformarlas, generar vínculos y abrir espacios de escucha. Frente a modelos tradicionales de atención, centrados en lo clínico, los procesos del programa Crea evidencian la importancia de lo colectivo, del acompañamiento y de la creación como formas de cuidado.
También emergió una mirada crítica sobre las contradicciones que enfrentan especialmente los jóvenes: discursos que promueven el bienestar emocional, pero que no siempre consideran las condiciones reales en las que viven. La falta de redes de apoyo, las tensiones familiares y las limitaciones económicas fueron mencionadas como factores que complejizan el acceso a soluciones aparentemente simples.
En contraste, la experiencia en los Crea fue señalada como un espacio donde sí es posible construir comunidad. Un lugar donde el “parche” —esa forma de estar juntos tan propia de la ciudad— se convierte en red de apoyo, en posibilidad de expresión y en motor creativo.
Hacia el cierre, las reflexiones apuntaron a la urgencia de ampliar las políticas públicas en salud mental, integrando enfoques diferenciales y garantizando el acceso a atención psicológica y psiquiátrica para distintos grupos poblacionales. La conversación no se quedó en la crítica: propuso imaginar otros modelos posibles.
La Proyección de cortos Crea en la FILBo fue, sobre todo, la evidencia de que los procesos formativos en arte pueden incidir en la manera en que entendemos la sociedad, el cuidado y la vida en común.
En la pantalla se proyectaron historias. Pero, en la sala, lo que se construyó fue algo más amplio: una conversación necesaria.