MOVIMIENTOS
Cuerpos, Ritmos y Relatos.
Y es que no era una mañana común. El día del encuentro ECOS, los mundos de la danza y el teatro, representados por los jóvenes artistas de segundo y cuarto grado del IED La Belleza, estaban a punto de colisionar en el mejor de los sentidos. Se tejía una jornada de diálogo de cuerpos, ritmos y relatos.

La jornada la abrió el artista formador Jhony junto a su grupo. Con una concentración admirable, los pequeños de segundo grado se adueñaron del espacio. Sus pasos, aunque menudos, llevaban la seriedad y el abrazo del tango. Jhony no dirigía, sino que guiaba con su voz, recordando los códigos que ya habitaban en sus cuerpos. Eran la prueba viviente de que la danza es un lenguaje que se aprende y se siente, sin importar la edad. Cuando la música del tango se silenció, el movimiento cedió el escenario a la palabra. El relevo lo tomó la profe Luisa Fernanda, y el grupo de teatro para recordarnos una verdad fundamental: sin un público atento, la escena está vacía.
Con una solemnidad casi ritual, los jóvenes actores iniciaron su muestra con el “Saludo al sol”, una rutina que calmó el aire y enfocó todas las miradas. Después, llegó la magia del juego del “espejo”. Voluntarios valientes se enfrentaron, reflejándose mutuamente en un ejercicio de confianza y conexión que arrancó sonrisas a todos los presentes.
Pero el momento cumbre del teatro llegó con un acto de pura mímesis. Cada participante había observado a alguien de su vida —un familiar, un vecino del barrio— y lo trajo al escenario. Con la ayuda de un sombrero o un simple chal, cuerpos pequeños se transformaron en abuelos, tías o tenderos, creando un cuadro vivo, un mosaico de humanidad que era a la vez tierno y poderoso.
Y cuando parecía que la emoción había tocado su techo, la fuerza del Pacífico irrumpió en escena. La maestra Ketty y su grupo de danza tradicional nos transportaron al Chocó con “El Carpintero”. Los pies descalzos golpeaban el suelo con una energía ancestral, las faldas de colores giraban y el ritmo, marcado por los propios participantes con instrumentos, era contagioso.








UN VERDADERO ECOS.
“Las fronteras se borraron. La maestra Ketty y sus bailarines invitaron a todos —actores, bailarines, maestros y público— a unirse a la danza. El salón se convirtió en una fiesta colectiva, un torbellino de alegría compartida donde no importaba la técnica, solo el impulso de moverse juntos”
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