El Colectivo ANDANADA… ¡Vuela! ✒️🪄
En un rincón vibrante de la ciudad, donde la palabra se convierte en puente y la imaginación toma forma, un grupo de jóvenes adultos se reúne semana tras semana en el Crea El Parque. Bajo la guía del artista formador Álvaro José Claro, han creado mucho más que un espacio para la escritura: han construido una comunidad creativa, un lugar donde se aprende, se sueña, se camina en colectivo… y se vuela.

Este grupo de literatura ha asumido este año un reto tan ambicioso como emocionante: publicar sus propias creaciones. No se trata solo de escribir, sino de llevar esas palabras a un formato que otros puedan leer, sentir y hacer suyo. Por eso, trabajan incansablemente en la formulación de proyectos editoriales que hagan posible el sueño de ver sus obras en la vitrina de una librería, al alcance de nuevas miradas y voces lectoras.
Gracias a la generosidad del colectivo Andanada, que ha dado su aval para compartir parte de este material, hoy presentamos una muestra de lo que estos jóvenes están gestando. Textos que nacen del corazón, de la observación, de la memoria, del deseo de transformar el mundo a través del arte y la palabra.
Este es solo un abrebocas de lo que pronto esperamos ver publicado en físico: historias que caminan con ellos, que los definen, que los proyectan hacia un futuro creativo. Porque cuando la escritura se convierte en un acto colectivo, lo que se construye no es solo literatura: es comunidad, es resistencia, es libertad.

SIN DULCES NI RAZONES
Autora: Ana María Cortés García
Ese día tampoco desayuné y me fui a la biblioteca, no tenía para el pasaje del bus. Cuando salí de la Luis Ángel Arango, una mujer con una bolsa de dulces en la mano me pidió dinero, me dijo no tengo trabajo y tengo hambre. Le respondí ¡Estamos en las mismas! Me contestó furiosa. No, no estamos en las mismas. Entonces la vi alejarse y sí, tenía razón, no estábamos en las mismas. Caminé hacia el lado contrario, metí las manos en mis bolsillos y no tenía ni siquiera un dulce, sus palabras me dolieron tanto como el rugir de mis tripas y, además, yo no tenía ni la razón.

EL INFIERNO SON LOS OTROS
Autora: Luisa Fernanda Díaz Cabra
Ella, mujer de barrio común, clase media sin gloria, tenía el alma hecha mierda, aunque el maquillaje lo disimulaba bastante bien cuando se obligaba a salir. Treinta y tantos años y ya sentía que la vida le debía más de lo que podía pagar. Artista, rockera, libre en apariencia. Por dentro, un campo minado. Una olla de odio hirviendo hacia un ancestro, una historia oscura recién descubierta. Y para completar, un abuso reciente, fresco como una herida abierta que nadie quería ver.
No lloraba. No porque no pudiera, sino porque odiaba parecer una víctima. Ella no era una víctima, se repetía, solo una mujer que había visto demasiado y ahora lo único que quería era hundirse en una nube de alcohol y alucinógenos, fundirse en la música o en la calle, evitar el espejo, evitar la mañana. Porque las mañanas eran lo peor.
Un día, ese día, al abrir los ojos, ya sabía que algo andaba mal. No era solo el fastidio habitual de vivir. Era un dolor concreto, físico, que ardía en la nuca. Una presión, un bulto. Se tocó con la yema de los dedos y sintió la piel caliente, tensa, como si algo creciera desde adentro. Una espinilla, un barro bobo, qué más da, pensó.
Se levantó, medio dormida aún, fue al baño. Tomó un segundo espejo y logró ver su nuca: la protuberancia se movía. No palpitaba, no vibraba… se movía. ¡Tenía vida! No pensó en reventarla, simplemente quiso huir de su propio cuerpo. Evadir era algo que amaba hacer.
Entró a la ducha. El agua caliente, tal vez su única forma de cariño, le ablandó la piel. Y entonces, sin aviso, explotó. Una mezcla de grasa, sangre y un líquido negro, resbaló por su espalda. Se limpió con rabia, con asco, con miedo. Se secó rápido, volvió al espejo, aún empañado.
Y ahí estaba. No en su mente, sino en el reflejo.
Era un ser pequeño, oscuro, como la punta de una espinilla viva. Dos extremidades secas, ojos rojos sin pupilas, cuerpo duro, seco, mórbido. La boca abierta de extremo a extremo, sin nariz, solo dos orificios oscuros. No hablaba. No se movía. Pero la miraba como si la conociera mejor que nadie.
Ella gritó, como nunca antes había gritado. Se desgarró por dentro, como si fuera su última exhalación. Pero no importaba cuánto gritara. No podía huir. El ser no estaba fuera. Era suyo. Había nacido de ella.
Y entonces, sin abrir la boca, el ser habló:
—De tu mente salí a tu nuca, sólo para decirte… ¿qué esperas? Mátate de una vez.
El silencio después fue brutal. No dijo más. No se movió más.
Pero ella lo entendió todo.
El monstruo no vino del más allá. No cayó del espacio, ni apareció de un ritual. El monstruo fue gestado en su rabia, en su trauma, en su desesperación. Su mente lo creó, lo nutrió, lo hizo real. Y ahora que podía verlo con sus propios ojos, entendió por fin cuán sucia, cuán oscura, cuán maldita podía ser la mente cuando nadie la limpia, cuando nadie la abraza.
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